Se podía oler desde
cualquier punto de la ciudad. Es más, no había ciudad que no oliese
a eso. Era intrínseco a la ciudad.
Es un olor a putrefacción,
fuerte, muy fuerte. Pero no es el tipo de olor que hace la comida en
descomposición, aquí se pudre algo más grande, algo más
importante.
El ruido de las moscas es
ensordecedor, abrumador. El cielo siempre es gris y su zumbido se te
mete en la cabeza y te impide pensar.
Los cadáveres están en
todos los rincones. Bares, oficinas, pisos, bancos, parques...
cualquier sitio de la ciudad está colmado por estos despojos
vivientes andantes.
Esparcen su olor sin cesar
por todo el espacio. Contaminan cualquier rincón. Se comen los unos
a los otros volviéndose más putrefactos. Infectan a los sanos sin
que estos apenas puedan hacer nada. En la ciudad se nace así.
Y se muere así.
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