sábado, 10 de diciembre de 2011

Moscas


Se podía oler desde cualquier punto de la ciudad. Es más, no había ciudad que no oliese a eso. Era intrínseco a la ciudad.
Es un olor a putrefacción, fuerte, muy fuerte. Pero no es el tipo de olor que hace la comida en descomposición, aquí se pudre algo más grande, algo más importante.
El ruido de las moscas es ensordecedor, abrumador. El cielo siempre es gris y su zumbido se te mete en la cabeza y te impide pensar.

Los cadáveres están en todos los rincones. Bares, oficinas, pisos, bancos, parques... cualquier sitio de la ciudad está colmado por estos despojos vivientes andantes.
Esparcen su olor sin cesar por todo el espacio. Contaminan cualquier rincón. Se comen los unos a los otros volviéndose más putrefactos. Infectan a los sanos sin que estos apenas puedan hacer nada. En la ciudad se nace así.

Y se muere así.

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